El deber del recuerdo. No repetir.

De los peores holocaustos aún queda ese pánico colectivo del olvido. El fin último era el exterminio y es lo mismo que sucede tras cada delito violento, la necesitad de exterminar a otra persona, animal etc. Negar aquello a lo que se hace daño. El daño es un proyecto con final para olvidar. Por eso luego siempre lo niegan. El deber del recuerdo ayuda a no llegar a ese exterminio final. Es bueno terminar con lo que hace daño, ir a sus causas para sanearlas, pero nunca olvidar.

Recordar desde un lugar de pequeña huella de dolor, nos recuerda en realidad constantemente que algo ha sucedido. Es sentir lo que queda de un pasado. Esa pequeña muestra de dolor queda tras reconstruir una historia, que no puede, merece ni necesita ser olvidada. Incluso aflora una necesidad de mantenerla viva y actualizada en el presente. Una sensación de que al recordar, y volver a narrarla resuena la sensación de sentirnos vivos a pesar de todo. Una forma sana de vivir el pasado, de recordar que el final de ese pasado es la reconciliación conseguida y volver a ella, su sensación sentida. Esa reconciliación necesita que el olvido no se haga realidad y reconocer que ya el sufrimiento no tiene más sentido que reconciliarnos. Un camino al amor. Un amor que al final es el todo que envuelve.

Las miradas de las víctimas se reconocen, queda en ellas una huella de lo vivido; miedo, dolor, humillación, etc. La mirada de las víctimas recuerdan la realidad, la presencia. Sin esas expresiones en la mirada que recuerdan que ahí hubo algo no podríamos tener acceso a su recuerdo. Como el recuerdo del resplandor del sol al amanecer, el aire golpeteando la memoria, o la piel aterciopelada de un riachuelo.

A veces estremece el olvido, por reconocer que ahí donde ahora hay un espacio, el recuerdo lo llena de vida. El recuerdo permite evocar cómo vivió alguien, como murió y nos golpea con la ardiente realidad de que las cosas podían haber sido de otra manera. La memoria son recuerdos, sentimientos, sensaciones y lo que pudo ser y no fue ni será. De cómo el tiempo a veces se detiene, y aunque no lo parezca nadie puede seguir adelante como si nada hubiera pasado. Los daños sucedidos vuelan entre la sociedad clamando su reconocimiento.  Los hechos pasaron, la memoria permanece.

Toda historia de dolor tiene un antecedente tranquilo, un contexto y unas consecuencias. Y una agoniosa sensación de observar la realidad como una producción de víctimas como si estuviera el destino ya escrito de esa manera. Algunos han dicho alguna vez se necesitan víctimas para poder narrar la historia de los que “ganan”. Que ni ganan ni las víctimas son merecedoras de la violencia siempre innecesaria e inmerecida.

La memoria necesita de justicia para poder recordarse en paz, necesita ser reparada. Si eso no sucede, la historia nunca será justa. También es un derecho el saber que un daño existió para no volver a repetir.

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